sábado, 3 de diciembre de 2016

Principios, valores y corrupción.

Es probable que con la edad las personas empecemos a añorar cosas del pasado, quizá por no adaptarnos a los cambios cada vez más rápidos que se producen en la sociedad, o tal vez sea porque en el pasado existían cosas positivas que con el tiempo se han perdido. Sea como fuere, hace no tantas décadas, la sociedad española parecía ser más pobre pero también más honrada. Sin embargo, en el presente parece que el ser honrado es sinónimo de tonto, porque la norma ahora es aprovecharse de todo lo que uno pueda aunque para ello haya que pisar a otros. La predisposición a corromperse es aún mayor en la política, aumentando exponencialmente cuanto más tiempo se permanece en puestos de poder.

La pérdida de normas y valores es la responsable de que en la sociedad actual la máxima a seguir sea conseguir el mayor beneficio individual posible y a toda costa. Ese beneficio se mide por la capacidad de acumular riquezas, es decir, tanto tienes, tanto vales.

Según el último barómetro del CIS del mes de septiembre, el 56% de los encuestados califican como mala la situación política del país, siendo la corrupción y el fraude el segundo problema de los españoles, sólo por detrás del paro. El tipo de corrupción que más preocupa socialmente es el mal uso del poder público para conseguir ventajas ilegítimas y sostener un nivel de vida y de riqueza muy por encima de lo que la nómina permite. Y es que la codicia es capaz de reunir a políticos de ideologías diferentes e incluso contrapuestas, en el saqueo de las arcas públicas.

Toda la sociedad es consciente de que la corrupción política existe, y es tal la información diaria que se recibe sobre estos escándalos, que ya se acepta como normal que todo eso ocurra. La sociedad se encuentra anestesiada por exceso de información y apenas se inmuta ante los nuevos escándalos que casi a diario abren los informativos de nuestro país: Gürtel, los ERE de Andalucía, los Pujol, Luis Bárcenas y la financiación ilegal del PP, el caso Urdangarín que incluso salpicó a la Corona… Los empresarios saben bien cómo funciona el sistema y tienen asumido que para obtener adjudicaciones deben pasar por el aro: a cambio de financiar al partido en el Gobierno (gobierno local, regional o nacional, indistintamente), el sector de la construcción, el bancario, el energético, el sanitario o el de las telecos saca su tajada. No es casualidad que muchos políticos terminen en consejos de administración de empresas eléctricas o de gas, o que se haya aprobado una ley que impone un impuesto a la energía obtenida por el sol. Se trata simplemente de devolver favores.


Y así,  mientras unos pocos se enriquecen bajo la apariencia de trabajar para el bien común, cae el crédito de los partidos e instituciones, alejando a la gente corriente de la política e incluso del sistema.